Fuiste la sonrisa de esa noche, bajo un cielo de estrellas ciegas y sobre el azul de un agua fría me diste esa risa de debajo de tus ojos, tan lindos, oscuros, sin pupila, como invitando a perderte en ellos, como si fueran un mar de sombras cuyo fondo es tu alma, queriendo ya nunca salir, deseando que no dejen de abrazarme. El último fotón del ocaso, la hoja del estanque, aquel lunar en tu blanca piel, la soledad infinita, son los nombres que adquirió mi conciencia en aquellos instantes, mi sonrisa huía hacia la tuya inexorablemente, como si hubiera nacido gota, acercándose a su muerte rápida, feliz de estar en una lluvia de ti. ¿Si te vieras desde mis ojos querrías quererte como te quiero? Siendo yo no tendrías opciones, estoy ahora tan atado a tu nombre como mi memoria a aquella noche, donde tu mano buscaba mi hombro, tu voz buscaba mi oído, en su encuentro mi corazón buscaba tregua, y yo llevaba toda la vida buscando a la sonrisa de esa noche.
De poesía y otros instrumentos de muerte lenta.