Tú te llevaste mi memoria, la has tirado a un lugar que no recuerdo, o quemado en una hoguera que alimenta con los malos días. La has roto bajo el peso de los años y dado las sobras a los perros, que han roído hasta la médula los días tristes. Jugaste con ella y la tiraste, vive ahora bajo el mueble llenando de polvo los días felices. La torturaste, golpeaste y laceraste, hasta hacer de aquellos viejos días un mapa hecho de cicatrices que llevan a algún sitio sin nombre. La abandonaste en la lluvia para que los nuevos días murieran de hambre, dejaste su destino a manos del sol para que perdiera su color, quedando atrás una sombra gris de lo que fue. La ahogaste con tus manos en el río, dejando que se asfixiara con esa agua envenenada llamada olvido, la viste disolverse, desaparecer y no tomaste su mano. Buscaste entre sus restos los días brillantes para dárselos a los cuervos, y vendiste el resto por años. No lo sé, no lo recuerdo, pero tú te lle...
De poesía y otros instrumentos de muerte lenta.