Aquí,
a un lado mío, a distancia de mil besos, cien latidos o un amor, yacen tus ojos mirando a lo lejos (quitando su luz al mundo), una frontera sin líneas, trazada por un pincel invisible, llenando el aire de una amalgama de fuego; de pronto, como fatalidad inadvertida se deshace el viento en tu rostro (de la misma forma en que lo hace mi pecho en tu ser), en su disgregación mueve tus hilos, hilos que flotan en su comienzo negros (en un negro eterno que abarca el tiempo), después marrones (como la tierra que cuida con celo tus pasos) y en su muerte, fundiéndose con todo, perdiendo así tus límites, tiñen dorados al horizonte. Abstraído, en manos de un hechizo antiguo, tal vez el primero, quedo inmóvil e impasible en este instante, la cuerda rota de mi reloj, escapando de su juicio, vagando a mi antojo en este retrato, donde la vista susurra a mi cabeza las cosas que mira en ti, donde le cuenta de las tormentas, montes, valles, ocasos y acasos, que ignoro por pudor, pero que queman su silueta en la retina y trazan sus sombras en agua. Yo, ya no hijo del tiempo, sino padre de contemplación, te doy mi atención, mi sangre, y (si acaso no se ha perdido para siempre en hogueras pasadas, viajes a tierras inhóspitas, sequías y hambrunas) mi amor, a cambio solo de esta pintura inmortal, que dirige ahora algo que no es suyo, que pertenecía a Cronos, de quien me he alejado por permanecer estático, viviendo en este cristal de vida, en donde el manto rojo que te cubre sucumbe a tu luz, aura de esa piel tuya, esculpida, no germinada, por mentes y manos más sensibles que las humanas, piel que se retira en parte para permitir la entrada a tu pecho, resguardada por un deseo silente, oculto, expresado en la prosa de un trozo de grafito, bajo el cobijo inquieto de un loco.
a un lado mío, a distancia de mil besos, cien latidos o un amor, yacen tus ojos mirando a lo lejos (quitando su luz al mundo), una frontera sin líneas, trazada por un pincel invisible, llenando el aire de una amalgama de fuego; de pronto, como fatalidad inadvertida se deshace el viento en tu rostro (de la misma forma en que lo hace mi pecho en tu ser), en su disgregación mueve tus hilos, hilos que flotan en su comienzo negros (en un negro eterno que abarca el tiempo), después marrones (como la tierra que cuida con celo tus pasos) y en su muerte, fundiéndose con todo, perdiendo así tus límites, tiñen dorados al horizonte. Abstraído, en manos de un hechizo antiguo, tal vez el primero, quedo inmóvil e impasible en este instante, la cuerda rota de mi reloj, escapando de su juicio, vagando a mi antojo en este retrato, donde la vista susurra a mi cabeza las cosas que mira en ti, donde le cuenta de las tormentas, montes, valles, ocasos y acasos, que ignoro por pudor, pero que queman su silueta en la retina y trazan sus sombras en agua. Yo, ya no hijo del tiempo, sino padre de contemplación, te doy mi atención, mi sangre, y (si acaso no se ha perdido para siempre en hogueras pasadas, viajes a tierras inhóspitas, sequías y hambrunas) mi amor, a cambio solo de esta pintura inmortal, que dirige ahora algo que no es suyo, que pertenecía a Cronos, de quien me he alejado por permanecer estático, viviendo en este cristal de vida, en donde el manto rojo que te cubre sucumbe a tu luz, aura de esa piel tuya, esculpida, no germinada, por mentes y manos más sensibles que las humanas, piel que se retira en parte para permitir la entrada a tu pecho, resguardada por un deseo silente, oculto, expresado en la prosa de un trozo de grafito, bajo el cobijo inquieto de un loco.

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