Cae lentamente el sol de su cielo
tomándose el tiempo del mundo,
semejando una hoja a la deriva del viento
atrapada en una espiral de frío y calor,
precipitándose a un ritmo estático
casi sin dar noticia de su caída,
como negando una realidad irrefutable,
como si el hecho de caer no fuera un hecho,
así, cae lentamente el sol de su cielo,
llevándose su luz a dormir
y abriendo el escenario a la luna
para que pueda extender su noche sobre nosotros,
en un espectáculo bellísimo,
al punto en que lo he bautizado con tu nombre.
Lo odio,
a pesar de los soles que me saludan a distancia,
aún sabiendo que soñaré contigo,
pese a que la oscuridad de su manto me cubre el alma,
y aunque regale a mi sentir palabras para ser oído.
Quisiera entonces ser una hoja a la deriva del viento,
con su virtud de alargar segundos,
con la habilidad de Dalí de estirar relojes,
para así no ver tu nombre en el horizonte,
y evitar el frío beso del firmamento,
pues sus labios traen invariablemente sobre sí,
aquellas palabras que usas para despedirte de mí,
palabras que atesoro y temo,
palabras que no quiero oír y al tiempo deseo escuchar,
porque mi corazón nunca late como en ese momento,
y mi ansiedad nunca se contenta como entonces,
cuando me dices "dulces sueños"
y yo siento que en lugar de dulces,
serán eternos

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