En los últimos años me he acercado un poco más a la literatura latinoamericana, y en específico a la de mi país, México. A mi gusto en este tipo de literatura se respira un ambiente algo más denso que en narraciones de otros países que no pertenecen a latinoamérica, los temas en torno a los que se giran las tramas, son más allegados a la realidad, algo menos fantásticos, más comunes o probables de ver en vida real, con sus claras excepciones como lo sería Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, que sin embargo no se desliga totalmente de tal observación. No es una generalización, pero hay ciertos aspectos que me parecen interesantes.
Si uno presta atención, en ciertas partes de mi ciudad natal, Culiacán, aquellas más alejadas del centro, al ver el paisaje uno puede reparar en dos elementos siempre presentes, un sol abrasador y caminos de tierra siempre con una neblina de polvo sobre ellos, su conjunto permite que la vista tome un aspecto en tono sepia, que alcanza su máximo punto al mediodía, pareciera que entre ambos elementos se propusieran a robar el color de las cosas, opacando incluso el azul del cielo, que sin embargo siempre es intenso pero no lo parece. Se asemeja a una extensión de algún desierto, pero habitado. Desconozco si esto es actualmente igual a toda la República.
Lo cierto es que al momento de leer Los de abajo de Mariano Azuela, novela publicada en 1916, que trata de las andanzas de Demetrio Macías durante la revolución mexicana; y El Llano en Llamas publicado en 1953 y escrito por mano de Juan Rulfo, un conjunto de relatos cortos que muestran diferentes facetas de la vida jalisciense en el final de la primera mitad del siglo XX, he sentido esa aura sepia dada por el polvo y el sol de inicio a fin de ambas obras.
En ambas obras esto se agranda por el estilo de narrativa, como indiferente, como si uno se quejara del país, pero estuviera agradecido de formar parte de él. Ambos utilizan un estilo de narración que por lo menos es de mi agrado, sin ahondar mucho pueden describir terrenos amplios y construir esa atmósfera antes mencionada, y pueden relatar temas tan fuertes como asesinatos, violaciones, y desesperanza, de una forma que pareciera cotidiana, pero no como si no importara, lo abordan como si fuera algo muy lamentable pero sin remedio, como si fuera parte de unas reglas preestablecidas que no pueden cambiarse, y si se quiere sobrevivir, uno tiene que aprender a querer esta tierra y su forma de hacer las cosas. Creo que soy muy joven, y alejado de las épocas tratadas en sus textos, como para realmente comprender a profundidad lo que ellos intentan contar, pero si se presta atención, aún pueden verse ecos de aquel México cristalizado en sus letras, aún pueden verse el mismo sol, y el mismo polvo, manchado de sangre y con un futuro incierto.
Si se quiere tener una noción de la literatura de lo que fue este país, no se deberían pasar por alto estos libros.
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